A los 16 años le dijeron que un cáncer de mama no tenía solución. Hoy, con 22, Allison Núñez recuerda cómo la fe, el apoyo de su madre y una cirugía transformaron un diagnóstico terminal en un testimonio de vida.

El verano de 2019 fue atípico para Allison Núñez, mientras pasaban los días podía ver cómo su cuerpo comenzó a experimentar cambios que ella creía propios del desarrollo adolescente. Con 16 años se veía al espejo y notaba su pecho más grande, pero a ese crecimiento abrupto lo acompañaban puntadas que le hacían pensar que podría ser algo más grave que el desarrollo.
“Cuando las molestias comenzaron a ser excesivas me di cuenta que no era parte del desarrollo físico”, dijo Allison. Ella aclara que las sospechas no surgieron en un principio debido a que no tuvo una base buena en cuanto a educación sexual en su casa ni en el colegio, por lo que nunca se hizo el autoexamen para detectarlo de manera temprana o algo parecido. De hecho, el bulto en su pecho siempre lo consideró “normal”.
La llegada a Urgencias
La primera anormalidad que la hizo replantear sus pensamientos fue que llegó a usar copa 38 de sostén, cuando en realidad era 36b. Su madre, Miriam Rodríguez, se dio cuenta de esto y la llevó al Hospital Parroquial de San Bernardo, donde no fue bien recibida por la doctora quien le advirtió que lo más probable era que se trataba de un tumor maligno.
El diagnóstico fue devastador: cáncer filoides de mama en su fase más avanzada, con pronóstico reservado y una supuesta nula posibilidad de tratamiento exitoso. Le hablaron de quimioterapia pero el panorama era sombrío. “Me dijeron que no había nada que hacer”, relata.
El pronóstico era lapidario. A nivel nacional, la sobrevida a 5 años para un cáncer de mama detectado en etapa 1 supera el 95%, según datos del Ministerio de Salud de Chile. Pero esa cifrase desploma a cerca de un 25-30% en etapa 4, cuando ya existe metástasis (el cáncer expandido a otros órganos).
La experiencia de Allison con el cáncer de mama
¿Cómo reaccionaste a la noticia?
En ese momento pensé: “Me voy a morir”. Fue lo primero que se me vino a la mente. Fue fuerte, muy fuerte, porque ni siquiera me habían hecho una biopsia aún, ya me lo estaban diciendo como un hecho. Y como era algo tan notorio, yo lo asumí inmediatamente.
¿Ese pensamiento fue constante o con el tiempo cambió?
Al principio sí fue constante, pero después me refugié mucho en Dios. Soy cristiana, y eso me sostuvo. Igual fue un golpe muy fuerte: tener 16 años, que te digan que te vas a morir por cáncer de mama, sin antecedentes familiares, sin entender por qué. Fue una crisis.
¿Recibiste ayuda psicológica en ese proceso?
Sí, estuve con psicólogo, iba a terapia muchas veces, pero sentía que no me ayudaba. También me apoyaba en la iglesia. Yo creo que eso me afirmaba un poco.
¿Cómo fue vivir con el diagnóstico? ¿Cómo te sentías en el día a día?
Habían días en los que tenía mucha fe de que me podía recuperar, como también había días en los que, por el dolor, decía: “No quiero más, tengo cáncer, ya no quiero más lucha”. Porque aparte no era solo mi lucha, también era la de mi mamá. Vivimos las dos solas, entonces también era verla a ella, que estaba pasando esto con su única hija, la más chica. Había días que estaba súper bien, quería levantarme, salir, ir al colegio. Y otros en los que pensaba que me iba a morir, que no quería seguir. Cuando me dieron el diagnóstico fue como: “Ya está”. Pero aún así sentía que faltaba algo más.
¿Y cómo fue para ti vivir este proceso junto a tu mamá? ¿Cómo lo vivieron como familia, con tus amigos?
Mi mamá se enteró conmigo, cuando estábamos en la sala con la doctora. Fue muy chocante para ella. Yo tenía 16 años, cáncer mamario, algo que nunca había pasado en mi familia. Ella jamás quiso mostrarse débil, pero yo que soy su hija la conozco, lo hacía para verme fuerte, porque ella estaba mal. Mis amigos siempre estuvieron ahí desde que se los conté.
Al principio empecé a faltar mucho al colegio por exámenes y controles, por eso tuve que contarles a todos el motivo. Y ahí sentí mucho apoyo. Mis amigos más cercanos supieron desde el día uno, desde que me hice la ecografía mamaria y siempre me acompañaron, con un abrazo, una oración. Mi familia del sur también estuvo presente, sobre todo en lo económico. Acá en Santiago solo tengo un hermano, él me acompañaba a los exámenes. Para él también fue duro ver todo eso, con doctores analizando un caso tan extraño como el mío.
¿Y qué tipo de tratamiento tuviste?
Estuvieron a punto de hacerme quimio. Me atendí en el Hospital Parroquial de San Bernardo, y nunca me dijeron algo claro, siempre era “analizar el caso”. Entonces yo asumía que iba a ser quimioterapia. Hasta que me derivaron a un doctor específico, Juan Donaire, de la Clínica Alemana. Él también encontró raro mi caso, así que me dijo que harían una biopsia y que, independiente del resultado, primero me iban a operar. Al principio estaba en etapa 3 y en un mes pasó a etapa 4.
¿Cuánto se demoraron en tomar la decisión de operarte?
Me hice el primer examen en febrero. En abril me hicieron la biopsia y ahí se confirmó el diagnóstico. Me operaron en mayo. Todo fue rápido gracias a la gestión del doctor. Si hubiera seguido el proceso normal del sistema público, quizás hoy no estaría aquí.
¿De qué se trataba la cirugía?
El doctor quería extirpar todo. Esa era la idea. Pero yo no quise. Sentía que algo bueno podía pasar, aún tenía fe. Estuve a punto de firmar el consentimiento para la extirpación pero no lo hice. Me decían que era muy joven, que tenía una vida por delante, que por qué no quería que me extirparan. Pero yo sentía que no debía hacerlo. La idea era operarme, extirpar, y a los cinco meses ponerme un implante. Pero en plena operación se dieron cuenta de que ya no había metástasis, lo que iba a durar 2 horas terminó durando entre 10/12 horas, porque todo cambió.
¿Cómo fue ese momento para ti y para tu familia?
Lo que recuerdo de la operación es que desperté en medio del procedimiento. Movía los pies, escuchaba murmullos y luego volví a dormir. Después desperté en la sala de recuperación. Mi mamá me puso la ropa y yo ya estaba con el parche. Al otro día me contaron que la operación se había extendido. Mi mamá estuvo sola todo el tiempo, nadie le decía nada, ella solo escuchaba enfermeras correr y mencionar “la niña del tumor”. Fue terrible para ella.
¿Qué vino después de la operación?
Salí con drenaje, dormía sentada, necesitaba ayuda para todo. Mi mamá me cuidaba y me limpiaba el drenaje. Después de una semana me sacaron los puntos. Luego empecé con controles: al principio cada tres meses, después cada seis y ahora cada año.
¿Y tu relación con la fe y con Dios? ¿Qué papel tuvo?
Fue muy importante. Siento que fue mi primer encuentro cara a cara con la muerte y con Dios. Estaba todo ramificado en un 90 o 95%, y en la operación descubrieron que el tumor estaba encapsulado. Sacaron 2 kilos y medio. El doctor mismo me dijo: “No hay explicación, date con una piedra en el pecho, esto no pasa”. Me marcó mucho.